¿Qué es el empoderamiento sensitivo?

El empoderamiento sensitivo es la habilidad para reconocer, gestionar y canalizar las emociones para promover el empoderamiento de la energía femenina.

 

ARCHIC es la marca que promueve el empoderamiento sensitivo, creando bienestar intra e interpersonal a través de la educación emocional.

 

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Y tú ¿sabes regular al enojo?


EL BARBAJÁN SIN ZAPATOS

    Por: Alethia Archilee

          - Pero que bellos parajes. Se dijo un nefario que caminaba por una vereda arbolada llena de flores silvestres que crecían sin ton ni son a la orilla del camino.

 

 Todos los días cuando emprendía el viaje de regreso a casa después de trabajar de sol a sol, el descuidero cortaba una flor diferente, tenía la manía de desenterrar las plantas por el simple gusto de sentirse poderoso.

 

Además, había tantas y crecían tan a la deriva que no consideraba importante respetar la naturaleza.  

 

- Puedo tomar las que quiera, se decía a sí mismo mientras pisaba algunas y arrancaba otras.

 

En ocasiones extirpaba varias a la vez y las depositaba en sus bolsillos raídos. Era para él importante siempre mantener la apariencia de que sus pantalones estaban llenos de algo, aunque fueran hierbas silvestres, quizá por el trabajo insatisfactorio, tal vez por las heridas no sanadas de la infancia o simplemente por sentirse pudiente negándole la vida a las pobres florecillas.

Un buen día que había cumplido a pie juntillas con su trabajo en la fonda, se permitió salir un poco más temprano de lo habitual.

 

El pravo al observar que tenía tiempo de sobra, decidió cambiar la ruta e ir a explorar otros caminos. Sin darse cuenta se fue adentrando más en el bosque y al perder el sentido del tiempo y el espacio, de repente se encontró en un paraje completamente desconocido. Los árboles eran más verdes, las hojas más brillantes y todo el lugar parecía próspero y alegre.

 

Al final de la nueva vereda, había un castillo del que se despedían los olores florales más deliciosos que haya percibido jamás. Ni tarde ni perezoso, intentó atravesar el portal para encontrar de donde provenía ese aroma tan excéntrico.

 

Obviamente los guardias de la entrada, al ver su aspecto desaliñado y su carácter vulgar, le negaron el acceso. Sin embargo, el timador se las arregló para colarse al palacio fingiendo ser un próspero sommelier que deseaba beneficiar al reino.

 

 Al llegar a la sala en donde se despedía la perfumada fragancia, se encontró con una jardinera que estaba cultivando un jardín de orquídeas.  

 

- ¿Qué es este lugar? Le preguntó maravillado y lleno de curiosidad a la mujer sencillamente vestida y que sostenía un atomizador en la mano rociando concienzudamente la vegetación.  

 

- Es un invernadero, contestó la experimentada florista mientras le mostraba las más exóticas variedades que con tanto empeño cultivaba día a día, embelleciendo los parajes del palacio. 

El protervo mientras se esforzaba desesperadamente por parecer un ser humano decente, asombrado al encontrarse en un lugar tan refinado y rodeado de tal belleza, le rogó a la horticultora le enseñara todos sus secretos para poder también tener su jardín lleno de orquídeas.

 

La jardinera lo observó contrariada.

 

     - Este hombre es muy raro, se dijo a sí misma al denotar su actitud forzada y sus maneras burdas que intentaban mostrar una apariencia diferente. Empero, llena de curiosidad ante la novedad y divertida con el entusiasmo del extravagante individuo, decidió darle una oportunidad y mostrarle los secretos más básicos del cultivo de estas exóticas floras.

 

 

La única condición que le impuso para compartir su magia, era que tenía prohibido arrancar alguna flor, además le advirtió que, aunque las orquídeas no tienen espinas, las de este jardín en particular, pueden crearlas temporalmente como una defensa ante los depredadores. El maldoso, embelesado por el aroma y deseoso de poseer los secretos más preciados de la floricultora, aceptó sin escuchar claramente las advertencias.

Las primeras ocasiones, el pérfido cumplió con las expectativas de la confiada florera, cuidaba las plantas todos los días y les daba la atención necesaria.

 

Incluso consiguió quedarse algunos días en el castillo, bajo la mirada expectante y desconfiada de los guardias que lo miraban sigilosamente por su manera ramplona de desenvolverse.

 

No obstante, pasados los días la guardia se acostumbró a su presencia y bajaron las defensas. Hecho que activó de inmediato al descuidero y a su mala costumbre de arrancar lo que no le pertenece.

 

Entró a escondidas durante la noche y tomó una de las orquídeas más bellas para volver a guardársela en el bolsillo. La orquídea, tal y como le había advertido la jardinera, creo las espinas de autodefensa y mientras la depositaba adentro de la bolsa de su pantalón malgastado, le arañó los dedos haciéndolo sangrar.

 

 

Sin darle demasiada importancia y pensando que eran solo rasguños, el descuidero se deslizó cual vil ladronzuelo por la ventana y sin voltear atrás, abandonó el jardín para regresar a su vida habitual, al fin y al cabo, ya había logrado poseer el aroma y satisfacer su malévola rutina de arrancar las flores para su egoísta placer. 

Pero el karma, esa energía maravillosa que indica que a toda acción corresponde una reacción de igual magnitud pero en sentido contrario, pronto respondió al deseo bizarro de destrucción que habitaba en su dañada alma.

 

El fatuo barbaján, tardó bastante tiempo en percatarse porque nada le salía como quería, todo lo que emprendía se le desmoronaba y cada vez era más fuerte el dolor que experimentaba su alma, debido a que los fracasos constantes se habían vuelto la nueva rutina.

 

Desolado y en el peor momento de su vida, decidió consultar al chamán del pueblo.

 

Al revisar su libro del karma, el hechicero le leyó las consecuencias de sus actos:

 

-          Por cada flor lastimada, un proyecto fallido, por cada corazón roto, un fracaso inminente, por cada actitud esquiva y cobarde, un espejo que lo confronte. 

- O sea ¿cómo? Le preguntaba una y otra vez el malhumorado rufián -no entiendo nada.

 

 

El viejecito algo exasperado con su terquedad y falta de inteligencia, le recordó todos sus actos infames, incluso aquel que había cometido contra la florista, al arrancar una de sus preciosas orquídeas dándose a la fuga y sin dar la cara. Hizo hincapié en su cobardía y le mostró el resultado de sus acciones vergonzosas.

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