EL BARBAJÁN SIN ZAPATOS

    Por: Alethia Archilee

          - Pero que bellos parajes. Se dijo un nefario que caminaba por una vereda arbolada llena de flores silvestres que crecían sin ton ni son a la orilla del camino.

 

 Todos los días cuando emprendía el viaje de regreso a casa después de trabajar de sol a sol, el descuidero cortaba una flor diferente, tenía la manía de desenterrar las plantas por el simple gusto de sentirse poderoso.

 

Además, había tantas y crecían tan a la deriva que no consideraba importante respetar la naturaleza.  

 

- Puedo tomar las que quiera, se decía a sí mismo mientras pisaba algunas y arrancaba otras.

 

En ocasiones extirpaba varias a la vez y las depositaba en sus bolsillos raídos. Era para él importante siempre mantener la apariencia de que sus pantalones estaban llenos de algo, aunque fueran hierbas silvestres, quizá por el trabajo insatisfactorio, tal vez por las heridas no sanadas de la infancia o simplemente por sentirse pudiente negándole la vida a las pobres florecillas.

Un buen día que había cumplido a pie juntillas con su trabajo en la fonda, se permitió salir un poco más temprano de lo habitual.

 

El pravo al observar que tenía tiempo de sobra, decidió cambiar la ruta e ir a explorar otros caminos. Sin darse cuenta se fue adentrando más en el bosque y al perder el sentido del tiempo y el espacio, de repente se encontró en un paraje completamente desconocido. Los árboles eran más verdes, las hojas más brillantes y todo el lugar parecía próspero y alegre.

 

Al final de la nueva vereda, había un castillo del que se despedían los olores florales más deliciosos que haya percibido jamás. Ni tarde ni perezoso, intentó atravesar el portal para encontrar de donde provenía ese aroma tan excéntrico.

 

Obviamente los guardias de la entrada, al ver su aspecto desaliñado y su carácter vulgar, le negaron el acceso. Sin embargo, el timador se las arregló para colarse al palacio fingiendo ser un próspero sommelier que deseaba beneficiar al reino.

 

 Al llegar a la sala en donde se despedía la perfumada fragancia, se encontró con una jardinera que estaba cultivando un jardín de orquídeas.  

 

- ¿Qué es este lugar? Le preguntó maravillado y lleno de curiosidad a la mujer sencillamente vestida y que sostenía un atomizador en la mano rociando concienzudamente la vegetación.  

 

- Es un invernadero, contestó la experimentada florista mientras le mostraba las más exóticas variedades que con tanto empeño cultivaba día a día, embelleciendo los parajes del palacio. 

El protervo mientras se esforzaba desesperadamente por parecer un ser humano decente, asombrado al encontrarse en un lugar tan refinado y rodeado de tal belleza, le rogó a la horticultora le enseñara todos sus secretos para poder también tener su jardín lleno de orquídeas.

 

La jardinera lo observó contrariada.

 

     - Este hombre es muy raro, se dijo a sí misma al denotar su actitud forzada y sus maneras burdas que intentaban mostrar una apariencia diferente. Empero, llena de curiosidad ante la novedad y divertida con el entusiasmo del extravagante individuo, decidió darle una oportunidad y mostrarle los secretos más básicos del cultivo de estas exóticas floras.

 

 

La única condición que le impuso para compartir su magia, era que tenía prohibido arrancar alguna flor, además le advirtió que, aunque las orquídeas no tienen espinas, las de este jardín en particular, pueden crearlas temporalmente como una defensa ante los depredadores. El maldoso, embelesado por el aroma y deseoso de poseer los secretos más preciados de la floricultora, aceptó sin escuchar claramente las advertencias.

Las primeras ocasiones, el pérfido cumplió con las expectativas de la confiada florera, cuidaba las plantas todos los días y les daba la atención necesaria.

 

Incluso consiguió quedarse algunos días en el castillo, bajo la mirada expectante y desconfiada de los guardias que lo miraban sigilosamente por su manera ramplona de desenvolverse.

 

No obstante, pasados los días la guardia se acostumbró a su presencia y bajaron las defensas. Hecho que activó de inmediato al descuidero y a su mala costumbre de arrancar lo que no le pertenece.

 

Entró a escondidas durante la noche y tomó una de las orquídeas más bellas para volver a guardársela en el bolsillo. La orquídea, tal y como le había advertido la jardinera, creo las espinas de autodefensa y mientras la depositaba adentro de la bolsa de su pantalón malgastado, le arañó los dedos haciéndolo sangrar.

 

 

Sin darle demasiada importancia y pensando que eran solo rasguños, el descuidero se deslizó cual vil ladronzuelo por la ventana y sin voltear atrás, abandonó el jardín para regresar a su vida habitual, al fin y al cabo, ya había logrado poseer el aroma y satisfacer su malévola rutina de arrancar las flores para su egoísta placer. 

Pero el karma, esa energía maravillosa que indica que a toda acción corresponde una reacción de igual magnitud pero en sentido contrario, pronto respondió al deseo bizarro de destrucción que habitaba en su dañada alma.

 

El fatuo barbaján, tardó bastante tiempo en percatarse porque nada le salía como quería, todo lo que emprendía se le desmoronaba y cada vez era más fuerte el dolor que experimentaba su alma, debido a que los fracasos constantes se habían vuelto la nueva rutina.

 

Desolado y en el peor momento de su vida, decidió consultar al chamán del pueblo.

 

Al revisar su libro del karma, el hechicero le leyó las consecuencias de sus actos:

 

-          Por cada flor lastimada, un proyecto fallido, por cada corazón roto, un fracaso inminente, por cada actitud esquiva y cobarde, un espejo que lo confronte. 

- O sea ¿cómo? Le preguntaba una y otra vez el malhumorado rufián -no entiendo nada.

 

 

El viejecito algo exasperado con su terquedad y falta de inteligencia, le recordó todos sus actos infames, incluso aquel que había cometido contra la florista, al arrancar una de sus preciosas orquídeas dándose a la fuga y sin dar la cara. Hizo hincapié en su cobardía y le mostró el resultado de sus acciones vergonzosas.

Pesaroso el atracador corrió a sus aposentos a buscar la orquídea en alguna de las tantas cajas viejas llenas de flores secas, con la intención de devolvérsela a la jardinera para ver si así podía resarcir el daño causado y echar para atrás el mal resultado que lo mantenía en esa condición miserable.

 

Cuál fue su sorpresa al darse cuenta que la orquídea ya no estaba dentro de su colección porque seguramente la guardia real había recuperado la valiosa pieza.

 

 

Sin nada que ofrecer para resarcir su fallo, pero algo consciente de la imperiosa necesidad de volver al invernadero, muerto de miedo el robador caminó en la penumbra para reaparecer en el vivero de aquel majestuoso palacio y así disculparse con la floricultora para ver si su "mala suerte" cambiaba.

 

De nuevo entró a hurtadillas, pero esta vez fue aprehendido por la guardia real y dirigido a la sala del trono. En el salón real su rostro estupefacto se encontró con la misma jardinera que ahora se encontraba ataviada con los mejores ropajes y en tremenda posición de poder. El tontuelo patán no se percató que era la emperatriz quién disfrutaba de su jardín de orquídeas cultivándolo personalmente.

 

Sentada cómodamente en su sillón, la reina ostentaba con gallardía la corona y el báculo que llevaba en la mano, contenía la flor que extrañamente brillaba como si nunca la hubieran cortado y comenzaba a rodear con sus raíces el cayado de la soberana.

 

Ella le reprochó al delincuente su arrogante deshonestidad y el abuso de confianza al arrancar una de sus preciadas joyas. 

 

- Gracias desastrado gorrino por recordarme la importancia de no darle perlas a los cerdos y por mostrarme que hay quienes no merecen ni un gramo de mi valiosa atención.

 

En ese momento, el canalla sintió tanta cortedad por su arbitrariedad, que se arrodilló a los pies del ser que tenía enfrente y pidió perdón avergonzado. 

 

Obvio, como siempre estaba fingiendo. 

Aunque la monarca determinó la expulsión del paraíso como un castigo adecuado a tal transgresión, el consejo real que era bien conocido por su compasión, lo condicionó a cuidar los pastizales de la región en donde no crece ni una flor, sin recibir un centavo de por medio más allá del necesario para su alimento y la cobertura básica de sus necesidades, hasta que de verdad existiera un arrepentimiento real.

 

Además, sentenció a la misma condena a todo aquel que se atreviera a darle una mano al descerrajado imprudente, para que pudiera confrontarse con el peso de sus acciones.

 

Pero el brutísimo pillo, no tardó en evadir a la guardia y liberarse para huir lejos del confinamiento.

 

 

Ya libre y en otro reino, distante de donde ya conocían sus mañas comenzó a hacer lo que acostumbraba hacer, sintiéndose falaz y enfermizamente poderoso después de haber timado a la mismísima reina y esquivado a la guardia real, comenzó aún con más infamia a arrancar las flores silvestres que crecían a la orilla de la carretera, y su mezquindad fue tan atroz, que llamó la atención de los seres de la naturaleza.

 

Los elementales hartos de restaurar los jardines naturales una y otra vez, molestos con su actitud profana y con el poco respeto que sentía por la energía femenina, decidieron darle una lección. 

Primero, para proteger a las florecitas de la vereda, usando su misma sangre que aún yacía derramada en el invernadero, prepararon una poción mágica que rociaron en las plantas que a él le gustaba tomar, para que cuando se acercara a ellas, de inmediato surgieran espinas protectoras que les permitieran a las flores librarse del dolor que él quería causarles.

 

Además, decidieron que todas las floras que había arrancado a lo largo de su vida, incluida la fragante orquídea, tomarían vida en sus pensamientos reflejándole el desamor que estaba sembrando, manifestándose en cada uno de sus sueños en forma de pesadillas.

 

Conscientes que hay personas que nunca cambian y a sabiendas de que no cabía absolución alguna para quién no puede preocuparse por las emociones y los sentimientos de los demás y que además no quiere discernir sobre las consecuencias de sus actos, decidieron llevárselo a trabajar en los campos espinados de los sembradíos de nopales, así saciarían y limitarían el deseo de arrancar algo sin sentido porque cuando lo hiciera, se espinaría las manos.

 

También le quitaron los zapatos por si intentaba escapar O POR SI SE ATREVÍA DE NUEVO INTENTAR PISAR OTRA FLOR.

Así que, a partir de entonces se escucha allá en los campos de nopales a un barbaján atormentado que arranca pencas y está gimiendo de dolor, desesperado tratando de correr con los pies desnudos de su “mala suerte”.

 

El viejecito a veces lo visita y le recuerda que el día que su consciencia vuelva a ser en él y que en la responsabilidad de sus vejaciones procure el resarcimiento a las almas que mancilló, podrá ser libre y próspero otra vez.

El que tenga inteligencia para comprender, que entienda.

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